sábado, 16 de mayo de 2020



A ti, que vives ahí dentro, muerto de miedo...

De qué tenemos miedo cuando nos negamos la vida, o no es vida lo que ansiamos, sino un sueño.

El miedo es el ardor del sufrimiento, nos consume y nos mata por dentro como si hubiera que prepararse para la muerte. Pero qué tipo de muerte nos espera cuando ya no hay vida en nuestra alma, qué misterio se oculta detrás de cada sueño que parece creado solamente para no poder ser cumplido.

Miedo con forma de cobardía, miedo que te traiciona como si no fueras digno de ser tenido en cuenta. Qué capricho más extraño el de los dioses que nos llevan a una existencia necesitada de lo que no hay, que desprecia lo que tiene y lucha sin cuartel para, al fin y al cabo, llegar sin remedio a un final que lo único que consigue es que todo carezca de sentido.

No podríamos vivir la vida sin necesidad de soñar? 
Son mis sueños la razón de mi sufrimiento?

Y el miedo no será solo una excusa para impedir que descubra la verdad, que no hay sueño que sea real, que si es real no es sueño, y así los sueños solo existen para hacernos sufrir, para desperdiciar la vida como si no tuviera ningún valor...

No tengas miedo, no tengas sueños, llora cuando tengas que llorar y grita cuanto necesites, la vida está antes del miedo, no después...

martes, 12 de mayo de 2020



        NADA

A veces trato de averiguar quién soy, de ver algo detrás de tanto ruido en mi mente, y solo acabo descubriendo reminiscencias del pasado, voces que se repiten como gritos de dolor o desesperación, llantos de soledad; pero cuando intento prescindir de estas imágenes y sensaciones no consigo ver más que un espantoso vacío, silencioso y árido como el espacio que nos envuelve a todos irremediablemente...
 


domingo, 10 de mayo de 2020

A mis soledades voy...



A mis soledades voy,
de mis soledades vengo,
porque para andar conmigo
me bastan mis pensamientos.

No sé qué tiene el aldea
donde vivo y donde muero,
que con venir de mí mismo,
no puedo venir más lejos.

Ni estoy bien ni mal conmigo;
mas dice mi entendimiento
que un hombre que todo es alma
está cautivo en su cuerpo.

Entiendo lo que me basta,
y solamente no entiendo
cómo se sufre a sí mismo
un ignorante soberbio.

De cuantas cosas me cansan,
fácilmente me defiendo;
pero no puedo guardarme
de los peligros de un necio.

Él dirá que yo lo soy,
pero con falso argumento;
que humildad y necedad
no caben en un sujeto.

La diferencia conozco,
porque en él y en mí contemplo
su locura en su arrogancia,
mi humildad en mi desprecio.

O sabe naturaleza
más que supo en este tiempo,
o tantos que nacen sabios
es porque lo dicen ellos.

«Sólo sé que no sé nada»,
dijo un filósofo, haciendo
la cuenta con su humildad,
adonde lo más es menos.

No me precio de entendido,
de desdichado me precio;
que los que no son dichosos,
¿cómo pueden ser discretos?

No puede durar el mundo,
porque dicen, y lo creo,
que suena a vidrio quebrado
y que ha de romperse presto.

Señales son del juicio
ver que todos le perdemos,
unos por carta de más,
otros por carta de menos.

Dijeron que antiguamente
se fue la verdad al cielo;
tal la pusieron los hombres,
que desde entonces no ha vuelto.

En dos edades vivimos
los propios y los ajenos:
la de plata los estraños,
y la de cobre los nuestros.

¿A quién no dará cuidado,
si es español verdadero,
ver los hombres a lo antiguo
y el valor a lo moderno?

Todos andan bien vestidos,
y quéjanse de los precios,
de medio arriba romanos,
de medio abajo romeros.

Dijo Dios que comería
su pan el hombre primero
en el sudor de su cara
por quebrar su mandamiento;

y algunos, inobedientes
a la vergüenza y al miedo,
con las prendas de su honor
han trocado los efectos.

Virtud y filosofía
peregrinan como ciegos;
el uno se lleva al otro,
llorando van y pidiendo.

Dos polos tiene la tierra,
universal movimiento,
la mejor vida el favor,
la mejor sangre el dinero.

Oigo tañer las campanas,
y no me espanto, aunque puedo,
que en lugar de tantas cruces
haya tantos hombres muertos.

Mirando estoy los sepulcros,
cuyos mármoles eternos
están diciendo sin lengua
que no lo fueron sus dueños.

¡Oh, bien haya quien los hizo!
Porque solamente en ellos
de los poderosos grandes
se vengaron los pequeños.

Fea pintan a la envidia;
yo confieso que la tengo
de unos hombres que no saben
quién vive pared en medio.

Sin libros y sin papeles,
sin tratos, cuentas ni cuentos,
cuando quieren escribir,
piden prestado el tintero.

Sin ser pobres ni ser ricos,
tienen chimenea y huerto;
no los despiertan cuidados,
ni pretensiones ni pleitos;

ni murmuraron del grande,
ni ofendieron al pequeño;
nunca, como yo, firmaron
parabién, ni Pascuas dieron.

Con esta envidia que digo,
y lo que paso en silencio,
a mis soledades voy,
de mis soledades vengo.